Alzo mi voz al viento con la esperanza de llegar hasta vos...

  Caminé desde el living hasta mi habitación, algo me estaba pasando. Él se alejó y nunca pude expresar lo que me pasaba. "Quizá por eso tengo este dolor de panza desde hace días", pensé. Mi psicóloga dijo que cuando logre poner en palabras o, incluso, acciones lo que me pasa se iban a terminar las complicaciones. Así empezó todo. Ante cualquier actividad que se me presentaba participaba siempre sintiéndome vacía y a la vez asfixiada. Mi amiga, que ama la astrología, me dijo que tenía la luna en capricornio y que por eso no podía descargarme. No se, puede ser, pero el dolor de estómago lo sigo sintiendo.
  Algo dentro mío me hizo pensar o creer que necesitaba llorar. "Eso va a ser muy fácil", me dije. En el equipo comenzó a sonar música muy triste, de esa que ponés fuerte para no tener que escuchar la congoja, pero solamente provoqué quejas de mis vecinos.
  Plan B. "No creo ser la única que tiene una lista de películas especiales para llorar", pensé. Un domingo frío, de esos que no te permiten salir de tu cama, incursioné en cada una de ellas. Todo parecía ser que esa era mi solución.
  Nada me ayudaba a largar todo, es que en realidad ni sabía lo que tenía que largar. En un momento me quedé sin chocolates sabía que para salvar mi día necesitaba ir por él.
  Salí de mi casa con mis auriculares caminando derecho, hice tres cuadras y ya me había olvidado lo que iba a comprar. "Estás muy mal", pensé y giré para volver a mi guarida pero la lluvia me ganó. Una gota cayó en mi mejilla. "Esperá", dije en voz alta al observar que la calle y la vereda estaban secas. Con mi lengua probé esa gota de agua y era salada. Iban en aumento. Instantáneamente comenzaron a llover miles de ideas.
  Caí en la cuenta de lo triste que me sentía al haberlo perdido, en las ganas que tenía de abrazarlo y besarlo, pero ya era tarde. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. Perdí la razón y me convertí en una persona solitaria que lloraba desconsolada en un rincón de la manzana. La ciudad se hizo inmensa y el tiempo se detuvo de forma parcial para que pueda hacer una breve introspección y de allí impulsarme para seguir adelante.
  Ya no me duele la panza, me duelen los ojos, me duelen los besos, los abrazos y los días que dejamos pasar. Él ya no está y yo no soy igual

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