Una luz que enceguece no es claridad...

Tenía 10 años. Mi panza no dejaba de recordarme que hacía dos días no comía nada. Entré en el almacén de Raúl, al que siempre le compraba sánguches cuando juntaba algunas monedas limpiando vidrios. Había tanta gente en ese lugar que no se dio cuenta que me acerqué a las heladeras. "Perdón Raúl", pensé.
Miré para todos lados, no quería que me descubran. Quería pasar desapercibido. Abrí una de las puertas y agarré un paquete. No sabía de qué era, porque ni bien lo escondí debajo de mi campera, salí corriendo.
Jamás imaginé lo que podría sucederme. Volteé la mirada y había un grupo de personas corriendo detrás. Deseé con todas mis fuerzas que las piernas no me traicionen, sabía cómo iba a terminar todo.
Las cuadras se hacían largas, estaba lejos de mi escondite. Por un momento pensé que el corazón se saldría de mi pecho. Tuve que esquivar varios autos para evitar que me atropellen. Lo que nunca imaginé, es que estar tantos días sin comer podrían jugarme en contra. Caí. Quedé vulnerable.
En segundos la gente que me perseguía me alcanzó. No estaba del todo consciente, solamente podía escuchar los insultos. "Negro de mierda", "Lacra de la sociedad", "Basura", "Hay que matarlos a todos", "No se puede vivir con tanta inseguridad".
Me tomaron del brazo para que pueda pararme y comenzaron a golpearme. Sus golpes se me hicieron familiares, ya los había sentido antes. Los sentí desde pibe, cuando me miraban con miedo, con desprecio. Pasé desapercibido durante 10 años, ¿Por qué no me ignoran cuando robo comida?. Si no le hago mal a nadie, no lastimo.

Poco a poco fui sintiendo la sangre cayendo en mi cara. Esas heridas se asemejaban a las internas. Vivir excluido, discriminado. Crecer sin una infancia, sin poder jugar, viendo a muchos vecinos de mi barrio morir al lado mío. Perdí mi inocencia y ahora estaba perdiendo lo poco que me quedaba de vida. Y sí, soy negro y pobre, nací en una villa, es mi único destino.

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